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Un Tigre en el BENI Boliviano

 

En la región donde se confunden el Matto Grosso brasileño con las altiplanicies bolivianas, donde solamente los límites creados por el hombre avisan que se ha pasado la frontera, existe otro mundo, diferente, fantástico y peligroso.
En ese marco salvaje y natural, el destino, el azar o las circunstancias, me llevaron a vivir algunas de las aventuras más inquietantes de mi vida.
El fortuito contacto con un pintoresco personaje de Santa Cruz de la Sierra, la segunda en importancia de Bolivia, fue el hilo conductor que dio comienzo a un sueño que se concretaría sólo dos años mas tarde.
Javier, que de él se trata, navegaba entre el submundo marginal de los negocios non sanctos y las reuniones aristocráticas de las clases dominantes bolivianas.
Jamás pude conocer con certeza su actividad, más allá de las imprecisiones con que sabía orillar mis preguntas.
Dueño de una simpatía excepcional y una verba seductora, adornaba sus relatos hasta lo increíble, sin caer en el ridículo y dejando siempre la sensación de que todo cuanto narraba era por lo menos creíble.
Después de innumerables contactos telefónicos, viajé Bolivia con la ilusión de que sería mi guía para conocer la selva tropical y detectar al yaguareté o tigre americano, para observarlo en su ambiente natural
De su mano transité la inquietante vida del altiplano, sospechada y envuelta en el manto de la fantasía, la leyenda y las actividades ilícitas. Durante mi larga estadía alternamos jugosos diálogos con traslados más menos largos, visitando regiones que destilaban secretos y barrios exclusivos que ocultaban detrás de altos paredones, residencias increíbles. Allí, -- se decía – moraban los barones de la droga, intocables, poderosos y dueños de fortunas incalculables.
También conocí por dentro a la vieja ciudad cruceña, la de la mayoría humilde, una de las más antiguas de América que aún mantiene intactas las tradiciones de su rica historia colonial.
Las calles empedradas y las viejas recovas sostenidas por arcaicas columnas y vigas de madera, cobijan a decenas de vendedores ambulantes que pregonan con lenguaje pintoresco sus mercancías, comidas típicas o artesanías de invalorable belleza.
En los “anillos”, como denominan a los barrios periféricos de la ciudad, miles de “cambas” o pobladores del llano y cientos de collas – los del altiplano -- conviven en la mas absoluta pobreza y armonía, donde el delito, increíblemente, apenas se conoce.

Todo lo que consume la población – ricos y pobres --  es importado: en los mercados callejeros se ofrece leche holandesa; manteca española; vinos chilenos, quesos europeos y huevos argentinos, en un ambiente cálido y húmedo donde millones de insectos atormentan sin cesar.
Al respecto, cierto día descubrí un pequeño libraco de ignoto autor lugareño, del que extraje algunos pintorescos párrafos  relacionados con esa plaga zumbadora:
 
 “…los bichos se turnan – dice el autor -- con un horario casi exacto de relevos. De 16 a 17  aparecen los “socoros”, pequeñísimos pero buenos picadores que reinan hasta las 19, cuando llegan las hordas de jejenes, tan invisibles como urticantes, que joroban hasta que son reemplazados por la orquesta de mosquitos que se anuncian silbando su marcha nupcial hasta el amanecer, cuando los desalojan los mariguises, -- una especie de abeja enana carnívora, feroz por sus mordeduras -- y los coñeros que revolotean alrededor de los ojos atraídos por la humedad de los lagrimales. Para rematar, se escucha eternamente y como una letanía, el triste lamento del guajo-jo, un pájaro que – dice la leyenda-- clama por al alma perdida de su pareja…”

Cierto día, Javier me invitó a conocer a un amigo que vivía en una de esas misteriosas propiedades cercadas por muros de cuatro ó cinco metros de altura. Luego de llamar a través del portero eléctrico, desde el fondo de una mirilla surgió un enorme ojo agrandado por el aumento Reconociendo a mi compañero, nos permitió la entrada.
Ingresamos a un sendero de ensueño que serpenteaba por un parque increíble: innumerables y gigantescos árboles tropicales, entre los que se destacaban nogales, guaipiríes y quebrachos, se mezclaban con frutales de mango, pitanga, guaipurú y  ambaíba. Enormes guacamayos, papagayos y cotorras de irisados colores volaban de rama en rama entre gritos estridentes que componían una sinfonía incomparable. El camino parecía conducir hacia  la nada.
Hasta que apareció la casona, un verdadero palacio construido al mejor estilo victoriano, de imponentes dimensiones y con el frente sostenido por columnatas blancas que empequeñecían al forastero
Entramos a un inmenso living fastuosamente engalanado, recargado de cuadros y pedestales que sostenían bustos ignotos. Rematando el recinto, una principesca escalinata doble revestida en mármol de Carrara. conducía  – como trepando al cielo -- hasta la planta alta
Pronto apareció el amigo de Javier, un morochazo de aspecto intimidante, de cara redonda y grandes pómulos alzados que vestía la ropa más chabacana y costosa que pueda imaginarse.
Con un puro kilométrico en la boca que no apartó ni para saludar, me estrechó la mano con un apretón que casi me fractura los dedos.
Como nada lo identificaba mejor que con un próspero estanciero venido a màs, orienté la plática hacia el tema agropecuario, cosa que pareció ser  muy divertida, de acuerdo a la sonrisa cómplice de ambos, tan enigmática como embarazosa.
Comprendiendo que debía tomar otros caminos dialécticos, manifesté interés por conocer las selvas de Beni, su fauna y sus maravillas naturales.
La sola mención del Beni y mi deseo de llegar a esas montañas, provocó que su cara mostrara  un rictus de tensión que de momento pasó casi desapercibido.
La visita concluyó con grandes muestras de amistad, pero sin un solo ofrecimiento concreto que justificara las ambiguas invitaciones durante la charla.
 Ya en casa de Javier y luego de sincerarnos, comprendí que de momento ciertas dificultades le impedían concretar nuestro viaje a la selva, y que mi estadía apenas había servido como puente para intentarlo en otra ocasión.
Un par de días después regresé a Buenos Aires y sepulté al asunto en el olvido.

Pasó largo tiempo hasta que volví a comunicarme para explorar las posibilidades de otro intento, esta vez mejor organizado.
Nuevos e interminables contactos telefónicos y mil preparativos a la distancia, demoraron casi un año el traslado, que comenzó con un vuelo del Lloyd Boliviano hasta Santa Cruz de la Sierra.
Poco antes del aterrizaje, observaba las montañas color esmeralda acariciadas por las nubes, donde imaginaba que se escondía el objeto de mis desvelos.
Cuando encontré a mi amigo esperando, con su imborrable sonrisa, no imaginé que comenzaba una larga aventura plagada de dificultades.
Después de tanto tiempo, parecía que sus negocios habían prosperado: una espectacular camioneta 4x4 de última generación, ropa de Versace y alhajas despampanantes, hablaban de una nueva y rumbosa vida.
En poco tiempo recorrimos el camino a la ciudad, hasta un hotel donde todo estaba previsto para  mi alojamiento.
Por la noche y después de una opípara cena, salimos a tomar unos tragos en un boliche – aún los llaman boite--  increíblemente ambientado al mejor estilo hollywoodense.
En la penumbra podía palparse el nivel económico de los parroquianos: mujeres excepcionalmente hermosas y hombres de tez cetrina que portaban joyas deslumbrantes, cadenas de oro con grosores exagerados y Rolex del mismo metal tan abundantes como nuestros Citizen inoxidables.
Las botellas de Chivas en las mesas y la barra, daban a entender que nadie consumía nuestras “medidas” tradicionales.
En el centro de la mesa que ocupamos, una cajita de plata que confundí con una azucarera, contenía una abundante ración de “blanca”, como la llaman, que como gentileza de la casa era consumida por casi todos con la moderación y naturalidad con que se acompaña el tequila con el limón.
Lentamente, comencé a sentir la presencia de lo desconocido y peligroso.
Para ser breve, diré que la larga noche puneña me devolvió en estado lamentable al hotel, donde descansé hasta despertar en medio de una resaca fenomenal.
En las primeras horas de la tarde Javier, impecable, estaba listo y con su camioneta repleta de petates para el largo viaje que nos esperaba.
Buen pescador, sabía de campamentos y de acopiar todo lo necesario para que nada faltara a la hora de las necesidades, por lo que iniciamos la marcha plenos de optimismo, entre algunas bromas por la víspera y otras por lo que nos esperaba.
Un par de horas después transitábamos caminos polvorientos de tierra colorada, tallados como un túnel verde en el corazón de la selva.
Durante todo el día trepamos lentamente entre pozos y zanjones provocados por la lluvia, hasta que entrada la noche llegamos a un pequeño y deplorable pueblito donde los ranchos competían mostrando su miseria.
Entre saludos frecuentes y paradas fugaces, nos aproximamos al “hotel” del villorrio, un edificio calamitoso donde la mejor habitación era un cuartucho descascarado.
Verdaderamente cansado, luego de la cena caí en la cama como un tronco.
En lo mejor del sueño y como una pasadilla, me despertaron cánticos marciales y repiqueteo de tacos que llegaban a través de la ventana que daba a la calle. Cuando me levanté para asomarme a la noche, adiviné entre las sombras a un nutrido pelotón de marines que marchaba por el centro de la calle, cantando sus letanías al mejor estilo yanqui.
Las caras, el porte, la estatura y las armas de los milicos, sumadas a mi fantasía y el escenario, componían el marco ideal para imaginarlos como Rambos modernos en misión de combate.
En mi asombro, desperté a mi compañero que me escuchó con indiferencia, aclarando que eran tropas de la D.E.A. norteamericana, destacadas en la zona por un convenio entre gobiernos para la lucha contra el narcotráfico. Dicho lo cual se volteò y siguió durmiendo

No pude menos que sonreír al volver a la cama: apenas unas horas atrás se regalaba blanca como aceitunas, y a pocos kilómetros se montaba un show de represión casi Felinesco.
Con la letanía de los cánticos marciales perdiéndose en la madrugada, me dormí acunado por el murmullo del viejo ventilador que pretendía, sin suerte, paliar el calor y la humedad reinantes.

Por la mañana, luego de un desayuno de frutas tropicales y café del mejor, nos dirigimos al “aeropuerto”.
Cual no seria mi sorpresa cuando llegamos a un enorme aeródromo donde había no menos de 30 aeronaves privadas – de cuatro a doce plazas -- perfectamente alineadas frente a una decena de hangares de excelente y moderna construcción.
Era increíble. En medio de la nada y sin que alguna actividad justificara semejante despliegue de riqueza, la realidad golpeaba a la razón con toda su fuerza.
Que industria, emprendimiento o actividad comercial sustentaba semejante flota?
Ante mi  comentario obligado, la enigmática sonrisa de Javier fue todo un discurso.
Con sus frases hechas y sus parábolas, me dió a entender que debía comprender al país tal cual era, con sus contradicciones y sus absurdos, donde niños y jóvenes, mujeres y hombres, tienen relación directa con  la “mercancía”..
Confieso que estaba asustado. Sentía un hueco en el estómago frente a una realidad que vemos en las películas, pero que golpea fuerte cuando acontece frente a las narices.
Entramos a un pequeño bar con la barra repleta de licores, que un poderoso equipo de aire convertía en un paraíso comparado con el fuego exterior, que superaba los 40 grados.
Como no podía ser de otra manera, el barman era viejo conocido de Javier. Después de servirnos un par de tragos refrescantes, llamó por un handy a quien en pocos minutos entró al recinto con cara resplandeciente y ropa impecable.
Era la imagen del tránsfuga. Anillos con diamantes en los dedos, cadena de oro en el cuello con eslabones como para un ancla, aros con brillantes de luces increíbles, pantalón de hilo y camisa de seda de la mejor calidad y peor mal gusto.
Luego de la interminable sacudida de manos con que demostró su alegría por verme (?), comenzó a contar sus andanzas por Buenos Aires intentando demostrar que era un hombre muy “viajado”..
De inmediato comenzamos a planear la próxima etapa de nuestro viaje, que comenzaría con un vuelo en una avioneta que nos trasladaría hasta el corazón del Beni. .
A la vista de tantas máquinas modernas, como viejo piloto me relamía pensando en volar algún aparato con tecnología de punta, yo que jamás pasé del veterano Piper o algún vetusto Cessna con los que me divertí hasta el cansancio.
Pero cuando después de muchas deliberaciones y regateos nos dirigimos a “nuestro” avión para comenzar los preparativos del vuelo, el abastecimiento y la carga, pensé que alguien me estaba gastando una broma.
En lugar de dirigirnos hacia la línea de pista, nos dirigimos a la parte trasera de los hangares, donde nos enfrentamos con una réplica de la máquina de los hermanos Wright, pero  bastante mal conservada.
Nuestro transporte era un milenario Fearchild monomotor, que si bien fue un avión extraordinario que volé durante mucho tiempo, el medio siglo de uso y abuso se delataba en cada centímetro del fuselaje y en cada milímetro de la envergadura.
Cualquier artefacto con semejante deterioro exterior, permitía suponer el estado de los pistones, bielas y demás elementos vitales.
No podía creer que en “eso” íbamos a volar más de 300 kilómetros.
Por primera vez, desde mi salida de Buenos Aires, pensé seriamente en regresar- Y si hubiera sido más sensato lo hubiera hecho.
Mi estado de ánimo fue tan evidente que el cara-de-gigoló se apresuró a decir que la máquina era muy confiable pese a su aspecto, que él lo volaba casi a diario y que bla, bla, bla.
Yo estaba seguro de que el avión no había tenido un recorrido de inspección y mantenimiento desde hacía una década, ya que por su aspecto estaba técnicamente fuera de servicio, y así se lo hice saber a mi amigo. Pero el gran seductor encontró de inmediato los argumentos necesarios para convencerme, alegando que él también la había volado muchas veces sin problemas y que el aspecto general servía  a los fines hasta entonces inconfesos del piloto.
Para ser breve diré que tengo el sí fácil y que al fin me dejé convencer.
Desde ese momento en adelante todo fue surrealista.
El motor de arranque había sido retirado del motor para reparar. Por lo tanto la única forma de arrancarlo era “dándole pala”,  esto es literalmente, accionar la hélice con las manos al mejor estilo Piper P.A 11 de la década de 1950. Los tanques de nafta fueron llenados desde bidones de combustible, a través de un embudo sin filtro, transgrediendo las más elementales normas de seguridad aérea y obviando  -- incomprensiblemente --  los modernos surtidores que se hallaban a menos de 200 metros.
 La partida  se produjo sin despacho previo, mediante un breve y sospechoso diálogo con algo o alguien que oficiaba de control de vuelo, quien autorizó el despegue mediante una serie de chirridos que salían de una radio a tono con el resto del instrumental.
Mi compañero estaba tan exultante como si estuviera sentado en un Airbus que partía desde el aeropuerto Kennedy.
Con el motor que ronroneaba con asombrosa serenidad, carreteamos la pista asfaltada tomando altura sin inconvenientes. Al fin, me dije para consolarme, la cosa no era para tanto.
Mientras volábamos sobre la verde selva amazónica boliviana, a no más de 100 metros del suelo, comprendí que estábamos en curso pirata, y que el piloto trataba de evitar ser detectado por algún radar de seguridad.
Volar en esas condiciones es más que riesgoso, ya que la seguridad de una aeronave en vuelo se basa en el desplazamiento a la mayor altura posible, a fin de disponer del tiempo necesario para hallar el campo apropiado ante el riesgo de un aterrizaje forzoso.
Por otra parte, a baja altura el consumo de combustible aumenta considerablemente y las térmicas ponen al aparato en peligro constante.
Como hablar del tema podía conducir a un encontronazo sin retorno, preferí, con las cartas echadas, dejar transcurrir los acontecimientos confiando en el destino.
Tratando de serenarme y luchando por ordenar los pensamientos que se atropellaban ante tantas alternativas impensadas, comencé a atar cabos lentamente acerca de cuanto sabía por boca de Javier, y cuanto imaginaba.
Porqué – me preguntaba – no continuamos el viaje en la confortable 4x4, capaz de transitar por  los peores caminos?
Con la pregunta dando vueltas en la mente, esperé el momento oportuno para trasladarla a mi amigo, y cuando lo hice tuve la respuesta del millón: el acceso al corazón del Beni está absolutamente condicionado por la falta de rutas o caminos, reemplazados por senderos o picadas que hacen a los desplazamientos lentos, predecibles y a cubierto del factor sorpresa.
Los porqués quedan librados a la imaginación de cada cual.

Volviendo a nuestro cara—de—gigoló—piloto, supe que mantenía activa y regular a su propia “línea aérea”, volando desde la civilización hasta lo más recóndito de la selva.
Y qué transportaba en sus peligrosos vuelos?
Por confesión propia, oro y piedras preciosas que cosechan los “garimpeiros”, individuos denominados así en Brasil, pero con presencia generalizada y la misma denominación en toda la región donde tienen sus actividades. Allí cruzan a diario la permeable y difusa frontera, para llegar a los yacimientos  que se esconden en algunos ríos o arroyos de la selva.
Además, la avioneta transportaba frecuentemente una carga secundaria: mujeres que se trasladan hasta esas latitudes para alegrar los días de los buscadores. Al regreso de su peligroso periplo y como premio, les permiten una pequeña carga de droga para asegurar su vejez, siempre prematura y penosa.
Cuando cunde la noticia de algún nuevo descubrimiento de piedras preciosas o pepitas de oro, decenas de aventureros se instalan en la zona con sus equipos para intentar la quimera de enriquecerse fácil y rápidamente.
El sistema para recoger del fondo arenoso al valioso material es increíblemente precario, primitivo y riesgoso.
Una balsa construida con maderos extraídos del monte, unidos con sogas y alambres, se estaciona sobre la corriente con una roca a modo de ancla. Sobre la planchada de 3x3 metros aproximadamente, dos garimpeiros asumen precisas actividades: uno oficia de buzo, sumergiéndose con una manguera sujeta  a su boca, por donde recibe el aire proporcionado por una turbina accionada por un pequeño motor a nafta. El otro, mientras tanto, mantiene en funcionamiento una bomba centrífuga que succiona arena y barro del fondo. Cuando llega a la balsa, el material pasa por un enorme cedazo que retiene, a veces,  partículas de oro o piedras semipreciosas.
Se trabaja día y noche, hasta que se agotan las energías, ya que la competencia es feroz y los “accidentes” – cortes de mangueras, etc.-- frecuentes. Interminables jornadas respirando aire viciado o trabajando a destajo, no producen más fruto que unos gramos de arenilla aurífera o alguna piedra de escaso valor. Pero la fantasía alimentada por hallazgos que hicieron millonario a más de uno, los impulsa a continuar con esa vida miserable y plagada de acechos.
Por otra parte, aún consiguiendo cantidades respetables, los costos del transporte aéreo proporcionado por el cara—de—gigoló--piloto o sus colegas, única salida posible, y la expoliación de que son objeto por los que compran a precios viles gramos pesados por engañosas balanzas, apenas les dejan unos míseros dólares que merced a su ignorancia y degradación moral, gastan en prostitutas y alcohol.
     
Alternando mis pensamientos con la realidad, no dejaba de observar el tablero de la nave, donde el viejo instrumental mostraba las agujas clavadas en valores normales. El único que indicaba variantes era el del combustible, acercándose al peligroso END que señala el fin irremediable  del viaje. Como al descuido deslice la pregunta del millón: faltaba mucho para llegar?
No. Estábamos “en zona”, próximos al aterrizaje aunque me costaba descubrir dónde, ya que debajo sólo veía selva hasta donde alcanzaba la vista.
Sin embargo, pocos minutos después vimos claramente una pista de tierra, tan breve como terrorífica para meter un avión.
Como se las ingenió para hallarla, sin orientación satelital y con instrumentos precarios, es algo que morirá en el misterio.
Con ayuda de la manga de viento, enfrentó la pista dejando que el motor ronroneara suavemente durante el planeo impecable que nos posó en tierra.
Llegamos a la cabecera y carreteamos lentamente hasta un cobertizo multifunción: bar, recepción, gasolinera y hangar.
Al pisar tierra no pude menos que persignarme y dar gracias a Dios, al tiempo que sufría el sofocón de un calor sencillamente increíble.
Nuevos amigos de Javier, que brotaban como hongos allí donde fuéramos, se ocuparon de nuestros bártulos, trasladándolos hasta una arcaica camioneta estacionada a la sombra de los árboles.
Como el que oficiaba de jefe estaba al tanto de nuestro viaje, nos dedicamos a concretar la fecha del regreso y el apoyo que eventualmente recibiríamos en caso de emergencia.
Luego compartimos la cena charlando acerca del seguro éxito para encontrar al tigre y del abundante material que hallaría para escribir, ya que mi fama de periodista  --alimentada por Javier  -- me precedía allá donde fuera.
A la hora de dormir nos ofrecieron un par de incómodas hamacas colgantes y una tonelada de repelente para tratar de espantar a los mosquitos, moscas, mariposas y jejenes que se ensañaban con nosotros.
Agobiado por el cansancio y las emociones, no tardé en dormir acunado por la “música” de los bichos y los ruidos extraños que llagaban desde la selva cercana.
Por la mañana trepamos a la camioneta rentada y después de despedirnos del piloto partimos, con Javier alegre y lozano  y yo sumido en una mezcla de inquietud y desazón difícil de explicar.
Nuestro destino no estaba muy lejano, pero las condiciones del camino alargaron el viaje que duró casi ocho horas para recorrer apenas 200 kilómetros, hasta una finca de aspecto aceptable, donde vivía un matrimonio joven y agradable.
La casa, modesta y acogedora, estaba enclavada en un cañadón selvático al pié de un cerro de unos 500 metros de altura, y a pasos de un hermoso río de montaña, con sus correderas de aguas espumosas bañando las rocas que brillaban bajo el sol.
La pareja – si así podía llamársela-- nos recibió amablemente, interesada por las últimas noticias que traía Javier, pero sin que la mujer participara de la plática, ya que no hablaba una palabra en español, portugués o algo parecido.
¡Hablaba solamente alemán!
La historia era que se habían conocido por correspondencia y casado por poder, culminando el extraño romance con el osado viaje de la muchacha desde el primer mundo hasta su incierto destino.
Instalados en un cuarto aceptable, teniendo en cuanta las circunstancias, descansamos hasta al amanecer, cuando después de breves preparativos partimos para nuestra primera excursión, a bordo de un sólido bote equipado con un fuera de borda de 40 HP, propiedad de Raimundo, nuestro anfitrión, que  nos llevó aguas abajo.
Por fin comenzaba la acción..
Según el aspecto del río, detectado por el ojo experimentado del marinero, utilizábamos el motor o los remos, durante un recorrido que lentamente nos llevó hasta un recodo paradisíaco donde nos detuvimos para comer y recorrer los alrededores.
La playa, ancha y arenosa, mostraba infinitas huellas de animales.
Incontables pájaros y mamíferos habían dejado señas inconfundibles que Raimundo traducía sabiamente. Hasta que encontramos lo que tanto esperaba: rastros de yaguareté!!
La huella fenomenal de un gran macho que superaba el tamaño de mi mano y los restos de un pequeño carpincho, hablaban de su cacería reciente.
El felino había orientado sus pasos hacia el monte cercano invitándonos a seguirlo.
Nos internamos un centenar de metros en la espesura, cuando el guía decidió que hasta allí llegábamos, ya que continuar detrás del gato parecía sumamente peligroso, ya que no podía hallarse muy lejos después del suculento almuerzo, seguramente tendido al amparo de la espesura y listo para saltar sobre cualquier intruso.
No obstante, reconfortados por el nuevo giro de la expedición, regresamos a la casa para organizar otra partida, seguros de haber hallado un territorio que el animal no dejaría mientras tuviera comida suficiente.

Allí transcurrieron varios días de paz absoluta, rodeado de buena gente y un verdadero paraíso  que me hizo olvidar a todas las vicisitudes pasadas, con Javier en la costa pescando como para despertar la envidia de cualquier deportista, ya que lograba ejemplares que de no tenerlos plasmados en la foto parecen cuentos de pescadores. Mientras tanto, alternaba con las visitas atraídas por la presencia de forasteros.
Como había aprendido a no hacer demasiadas preguntas, solo hablaba de sus costumbres, modo de vida y las andanzas del tigre.
Así, cierto garimperio aficionado a la caza y sumado a la tertulia, resulto una fuente inagotable de relatos y experiencias.
Con gracejo inigualable, que lamento no poder transmitir, contaba:

___ “…cierta vez me había apostado en el monte, esperando al tigre cerca de un animal muerto que había atado como cebo junto a un charco. Como los árboles son muy altos y los troncos desprovistos de ramas, colgué entre dos de ellos y a unos 3 ó 4 metros de altura una hamaca para pasar la espera.
A medianoche llegó el tigre y se puso a comer los restos del animal. Lo iluminé con una pequeña linterna y le disparé con mi escopeta cargada con postas que yo mismo fabriqué. Lamentablemente el tiro apenas lo hirió, ya que saltó repetidas veces tratando de alcanzar  mi hamaca. Entonces me dió tiempo  para volverle a disparar y dejarlo frito…”

Luego me mostró un llamador. – que más tarde le compré y conservo celosamente -- fabricado con una calabaza ahuecada de unos 25 cm. de diámetro. En el interior tiene varios tabiques que amplifican y modulan el sonido que, naturalmente, debe imitar exactamente al rugido del tigre.
Los cazadores nativos los construyen con formas distintas para el macho y la hembra, ya que sus rugidos son diferentes.
Entre otras curiosidades, mi nuevo amigo contó que con el fin de atraer a los animales con olores humanos, suelen dejar prendas de vestir en desuso colgadas en las inmediaciones del apostadero. También que cuando encuentran árboles orinados por los felinos, raspan la corteza humedecida y la esparcen en las cercanías de las esperas. O cuelgan una bolsa con sal, que al impregnarse de humedad y rocío, gotea lentamente formando un pequeño salitral, irresistible para las bestias.
Sus relatos intercalaban algunas tragedias.
“ Cierto siringueiro  -- recolector del látex que produce el siringa o árbol de la goma -- fue sorprendido por un tigre que lo siguió  sigilosamente por un largo trecho. Cuando el hombre lo descubrió, sólo atinó a correr desesperado, incitando a la fiera que con un par de saltos lo alcanzó para despedazarlo en pocos momentos…”
Y sucesos que en los que el gran gato llevó la peor parte..
“Una mujer  indígena que atravesaba el monte acompañada por sus dos hijos pequeños y un par de perros, fue atacada por un yaguareté que salió de la espesura como un fantasma. Los canes vendieron cara su vida, y aunque murieron por las heridas recibidas durante la pelea, permitieron a la mujer asestar sendos machetazos en la cabeza del tigre, que murió instantáneamente.”
Y seguían sus recuerdos:
“…. A la poza (charco de agua en el medio del monte) se encaminó José con su mujer siguiéndole los pasos..”.
“Iban a “espiar” la caza, muy abundante, que prometía suculentos “taitetuces” o chanchos del monte, antas, tapires o armadillos gigantes, entre otros bichos sabrosos de la selva…”
“ José había fabricado un candil que llaman  “cerote”, utilizando una calabaza de zapallo silvestre o tacuarembó. Con un trozo sólido de cebo en el interior, en el que se fija una mecha o pabilo, disponía de buena luz para desplazarse cuando caía la noche…”
“Rastrearon pacientemente los senderos donde se notaba el paso de los animales, buscando el viento adecuado para llegar al charco…”
“Cuando hallaron el lugar ideal armaron la “chapara” o atalaya, con dos o tres palos atados con lianas a las ramas de un árbol, que a manera de asiento sirven para esperar a las bestias..”.
“Manuela, la mujer de José, temblaba de miedo cada vez que escuchaba el rugido del tigre bramando en la espesura..”.
“ Se olía a tierra mojada y flores silvestres, ya que había “chilcheado” (garuado) recientemente “.
“ Ellos conocían mucho acerca de la vida en el monte; sabían que los árboles se daban cita en esas noches de chilche para celebrar las nupcias del cedro con la mara, o del bibosi con el matacú, que se abrazan durante la fiesta que ofrece la naturaleza para ellos.”
“ Mientras pensaban en estas y otras cosas tan importantes, oyeron los pasos de un animal que llegaba sigiloso como un ladrón.”
“ José sacó el trapo que tapaba la luz del cerote, dejando que el haz iluminara al tapir, cuyos ojos brillaban como luciérnagas.
“ Desde la chapara apuntó su vieja escopeta con caños de alambre al centro de los ojos, y le mando 20 postas de plomo que lo llevó a la eternidad…”
 
Lindas historias contaba el hombre
.
Nuestra casa estaba a orillas del río Guapay, afluente del Mamoré que luego se transforma en el Maderas hasta alcanzar al fabuloso Amazonas.
La pesca en esas aguas es sencillamente fabulosa.
Son comunes los peces que superan largamente los 100 kilos, que constituyen la  mayor la fuente de proteínas para los pobladores, indígenas y los otros.
Porque hay muchos de los otros.
Los siringueiros, por ejemplo, que recogen látex y viven “a monte”, donde tienen asignadas sus “estradas” o avenidas de unos 100 árboles cada una, a los que diariamente le “ordeñan” la goma.
Para ello deben efectuar en cada planta una serie de cortes o canaletas verticales que varían de acuerdo a su grosor, colocando al pie del árbol la vasija o “tichela” que recoge la goma.
Muy temprano, cada madrugada, se debe limpiar la canaleta para favorecer el drenaje de la savia hasta las vasijas, que una vez llenas se transportan al “desfumador”: En él se hierve el contenido hasta convertirlo en una materia elástica con forma de bola, de unos 40 kilos, que al rodar es fácilmente transportable.

El Beni, no deja de ofrecer contrastes.
No muy lejos de nuestro alojamiento, localidades como Riberalta o Trinidad, por nombrar algunas, son cubiertas por el agua durante largas temporadas, debido a las torrenciales lluvias tropicales que anegan millones de hectáreas. Obligados, los pobladores deben trasladarse a las tierras màs altas para continuar con su vida cotidiana, pobre vida que no permite expectativas más allá de los 40 años promedio.
A uno de esos pueblos nos llevó Raimundo en busca de un baquiano – otro más – que seguramente nos acercaría a los dominios del tigre.
El traslado se convirtió en un viaje infernal, a bordo de una camioneta-taxi que efectuaba viajes regulares entre pequeños poblados.
El vetusto vehículo era una Ford F-100 que tenía en la caja tres filas de asientos de madera sin respaldo en los que se podían apiñar “cómodamente” 9 pasajeros. Sin techo ni reparo, viajamos a pleno sol, con más de 40 grados y con la polvo pegándose al cuerpo empapado por la transpiración.
El viaje duró casi cuatro horas y llegamos más muertos que vivos.
En el pueblo encontramos a Max, nuestro eventual guía, que resultó una excelente persona durante nuestro primer encuentro.
Pero antes de iniciar el milésimo intento, faltaba la frutilla del poste: como despedida, nos invitó a un baile que se realizaría en el “club social”, cuya sede era un galpón con piso de tierra y techo de chapas.
La jarana comenzó a las 4 de la tarde !!! y la temperatura dentro del horno no se podía medir
Corría a torrentes la cerveza y la “soda”, esta última un refresco de cola y caña de alta graduación alcohólica, mientras que el público se componía de una mayoría de borrachos y prostitutas que conformaban un ambiente surrealista.
Los temas musicales provenían de una “sonora”, engendro de orquesta compuesta por un gigantesco y deteriorado bombo, dos redoblantes, dos trompetas y un platillo que atronaban con su música (?) y canciones folclóricas.
Pero allí apareció el “verdadero” Max, un alcohólico que se intoxicó hasta que hubo que llevarlo a la rastra.
Durante dos días no pudimos interrumpir sus borracheras, que por supuesto, frustraron cualquier intento de incursionar en el monte.
Raimundo estaba avergonzado ante el papelón protagonizado por su recomendado, alegando que no conocía esa faceta del sinvergüenza.
Para colmo de males, la noticia del hallazgo de oro en las cercanías atrajo a un sinnúmero de forasteros, en su mayoría brasileños, que se abastecían de vituallas o vendían sus pepitas.
Recién comprendí el porqué de la tenacidad de esos hombres tan rudos. Algunos traían hasta 900 gramos de oro que enajenaban por el vil precio que les pagaba el único reducidor del poblado, un arabe de aspecto estremecedor que no quisiera encontrar ni en mis sueños.
Medio pueblo vendía sus pocos enseres tratando de reunir lo suficiente para armar una balsa, comprar un par de motores y lanzarse a la aventura de encontrar su futuro en el fondo del río.
La tranquilidad pueblerina se había alterado hasta lo inimaginable.
Los extraños que pululaban por las calles eran violentos y pendencieros, lo que me hacía temer por mi seguridad y el dinero que llevaba, único medio de volver a la civilización que sentía cada vez más lejana.
Todos portaban armas mientras la autoridad brillaba por su ausencia.
Resolvimos  cambiar de aire lo antes posible, por lo que organizamos el regreso.

Otra vez en el punto de partida, con Javier  alternando su diversión entre la pesca y un par de “señoritas”, parientas de los dueños de casa.
Yo estaba realmente harto de mi viaje, tan plagado de problemas y desilusiones.
 Pero como mi destino pareciera recibir buenas y malas noticias a cada paso, las que me transmitió Javier volvieron a traer esperanzas.
Otro amigo suyo, propietario de un campo ubicado a unos 200 kilómetros, vivía en constante puja con los tigres que le mataban una vaca diaria de promedio, por lo que era de imaginar la cantidad de felinos que andarían por la zona.
Con semejante dato y a pesar de tantas desilusiones, decidí intentar nuevamente.
Alquilamos una avioneta parecida a la anterior y luego de un corto vuelo aterrizamos en una pequeña pista donde nos esperaban para trasladarnos a la casa principal.
Se trataba de un establecimiento extraordinario, 150 mil has y 30.000 cabezas de cebù que engordaban con los altos y nutrientes pastizales de la región.
Un verdadero emporio agropecuario cuyo propietario, un tipo genial, nos recibió como si fuésemos viejos amigos.
Al otro día nos llevó a recorrer el campo, donde encontramos huellas de tigre por todos lados.
Por increíble que fuera, parecía que la suerte nos mostraba su cara sonriente.
La cantidad de felinos reflejaba la realidad preocupante de los hacendados, que deben asumir perdidas extraordinarias por la mortandad que les ocasiona en la hacienda. Huérfanos de legislación adecuada, luchan contra la ignorante burocracia que se aferra a leyes absurdas que solo prohíben como solución para todos los problemas. Sin indemnizaciones para enjugar los extraordinarios quebrantos comerciales causados por yaguaretés, pumas, ocelotes, gatos monteses y aguarás, entre otros, viven tentados de tomar la ley por mano propia, .
 Por fin, gracias a su hospitalidad y colaboración, dispusimos de un baquiano para intentar un avistaje.
En el lugar escogido por el guía, la noche siguiente nos encontró apostados frente a un pequeño charco lodoso, al mejor estilo pampeano.
Mi compañero, un simpático moreno brasileño con el que poco podíamos comunicarnos, ya que hablaba únicamente portugués, resultó un cazador excepcional, que se mantuvo inmóvil y en silencio durante horas.
Al caer la noche, escuchamos por sobre los ruidos de la selva el intermitente rugido del tigre retumbando en la oscuridad.
Ponía los pelos de punta oír tan cerca a la fiera, sentados sobre un par de trocos cruzados en el ramaje de un árbol, y a una altura que parecía insuficiente ante la fuerza y agilidad de esas bestias.
Tenía como arma principal a mi preciado “llamador”, que había aprendido a utilizar practicando el bramido mil veces, hasta que logré que se escuchara medianamente convincente.
Habíamos comprobado que al charco, que estaba a unos diez metros, se acercaban numerosos pecaríes, tapires y corzuelas que servirían de cebo para el felino, que acostumbra acercarse a esos barreros para acechar a su almuerzo.
La primera etapa estuvo realmente entretenida, con el tiempo transcurriendo rápidamente entre tantas situaciones curiosas y emocionantes.
Con mi linterna lista, alumbrábamos cuando el murmullo de algún bicho se escuchaba en el barro.
Todo un zoológico desfiló en pocas horas.
Pero nuestro gato solo dejaba escuchar su voz ronca rebotando con ecos guturales entre los árboles.
Las dos noches siguientes soportamos miríadas de insectos atormentando sin pausa, aunque parecía que estaba escrito que mi cita no se concretaría jamás.
Nada mas allá de sus rezongos y las huellas cercanas que encontrábamos cada mañana, señal inequívoca de que había visitado otro charco de los muchos que hay en el monte.
Agotadas las posibilidades de la “poza”, Don Concepción, el patrón de la finca, se ofreció para trasladarnos en su avioneta a unos cien Km. al norte, donde creía que podríamos visualizar al felino.
En un corto vuelo que nos trasladó hasta el último puesto del campo, encontramos a su empleado favorito, un puestero que vivía en soledad desde hacía mas de 30 años, en medio del monte y en una zona donde los límites con Brasil son tan vagos como los recodos del río que separa a los dos países.
Creí comprender que ese era el hombre. En una noche de charla y cuentos, supe que me llevaría hasta el gato.
Listo para regresar, Concepción nos despidió desde la ventanilla del avión con una premonición: “…los vuelvo a buscar pero no suben sin haber sacado una foto del yaguareté…” dijo con picardía.
Al otro día salimos a caballo acompañados por una veintena de perros, una jauría de razas indefinidas, pero  de enorme alzada y ferocidad manifiesta, entrenados para cazar cualquier animal de la rica fauna amazónica.
Individualmente ninguno de ellos demoraría un minuto en caer bajo las fauces del bicho, pero atacando en conjunto, son una fuerza descomunal que empareja la lucha.
 Sin embargo, de no mediar la acción del cazador para rematar rápidamente con el arma, uno a uno morirían irremediablemente víctima de las garras y dientes del tigre.
Un tapir adulto de más de 300 kilos o una piara de pecaríes capaz de destrozar a cualquiera que se plante para enfrentarlos, son rivales a los  que acostumbran enfrentar casi a diario.
Nos internamos en la selva, siguiendo senderos anegados, cruzando arroyos y atravesando pantanos, en búsqueda de rastros frescos que delataran la proximidad del felino.
Durante la cabalgata, pudimos fotografiar a tapires y ciervos de una mansedumbre asombrosa. Pero la imagen más inolvidable fue la de un enorme ocelote encaramado en un árbol, del que saltó desde más de diez metros para desaparecer en la maleza
Recién al regreso, cuando volvíamos extenuados por el calor, la humedad y los bichos picadores, encontramos las huellas de un yaguareté que había pasado hacía pocas horas, y muy cerca los restos de un novillo recién muerto, al que la fiera había comido parte del cuello y una paleta, - mas de 20 kilos de carne. Mi hombre afirmó sin dudar que seguramente estaría en las cercanías, durmiendo la siesta luego del almuerzo.

Regresaríamos al día siguiente muy temprano, para sorprenderlo en su “encame”.
Los perros, increíblemente sumisos a las órdenes del amo, estaban nerviosos, olfateando los olores que había dejado el animal en el ambiente, pero sujetaban su entusiasmo, temerosos de la golpiza.
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Como si por una vez la naturaleza se compadeciera, el cielo nublado y una tenue llovizna hacían que el calor fuera más tolerable, aunque los mosquitos eran insoportables.
Llegamos hasta donde estaba el animal muerto, y desmontamos.
Los perros estaban “acollarados” en parejas, unidos por una traílla de cuero que los obligaba a caminar separados por centímetros. De esa forma no podían correr más que hasta el primer arbusto que los enredaba, obligándolos a detenerse y recibir el correctivo de su amo, que les recordaba que debían permanecer a su lado hasta recibir la orden de búsqueda.
Un solo perro corretea en libertad: el líder, el que mejor rastrea y el que sabe “empacar” al feroz sin provocar el contacto que – en soledad –  significa la muerte.  .
Cuando el guía lo decidió, el perro salió disparado hacia el monte.
Pasaron varios minutos interminables de silencio hasta que de pronto se escucharon ladridos lejanos.
Rápidamente el puestero y yo soltamos a cada una de las traíllas, y los perros partieron a la carrera en dirección al compañero.
Montamos y partimos al galope cruzando una pradera pantanosa, hasta la orilla de la selva que se hallaba a un par de kilómetros..
En el interior se oían ladridos de la jauría, y sobre ellos el rugido entrecortado del tigre empacado que presentaba lucha sin dar ni pedir cuartel.
La adrenalina me invadía el cuerpo y me erizaba la piel. Sentía la mezcla de cansancio, emoción y miedo, previo al desenlace.
Echamos pié a tierra y entramos decididamente a la espesura. El hombre llevaba terciada el arma en la espalda, una vieja escopeta con cartuchos cargados con “postas”, letales a corta distancia.
Era imposible caminar erguido ya que la fiera había elegido bien el lugar para la pelea: un fachinal enmarañado y espinoso que no dejaba pasar ni las moscas.
Debimos avanzar en cuatro patas, abriendo brecha con un machete corto, hasta acercarnos a unos diez metros del lugar del combate.
No veíamos más que oscuridad, espinas, ramazón y espesura.

Por fin logramos llegar a un par de metros de la escena, una difusa maraña de perros y fiera apenas visible, donde los rugidos del tigre se mezclaban con los ladridos y algún alarido de un perro herido. No podía creer lo que pasaba tan cerca de mi. Semanas de frustraciones, peripecias y desvelos, me devolvían a un tigre furioso que peleaba por su vida a centímetros de mi cámara, inútil ante la incomodidad y oscuridad reinantes .
El puestero gritaba alentando a los perros, a la espera de que el animal le mostrara la cabeza, único blanco que garantiza regresar ileso. Sólo veíamos una inmensa mancha amarilla que fugazmente mostraba sus formas, hasta que de pronto apuntó directamente hacia nosotros, mostrando los ojos inyectados de sangre.
En una fracción de segundo, la escopeta vomitó fuego y los rugidos cesaron. Los perros, alentados por la falta súbita de resistencia, redoblaron sus esfuerzos venciendo definitivamente a la bestia-
Macheteando con entusiasmo, llegamos a su lado cuando exhalaba el último  aliento.
Con autoridad separó a los perros  y arrastramos el cuerpo hasta un lugar despejado.
Recién entones sentí como si todo se derrumbara a mi alrededor. Un cansancio extremo, la respiración entrecortada hasta el ahogo y las rodillas temblando como hojas al viento, se mezclaban con la sensación de júbilo más grande que tuve en mi vida.
Tuve sensaciones encontradas, ya que el 90% de los encuentros con tigres suceden con el gato encaramado en un árbol, lo que permite fotos y observaciones inolvidables. La realidad, en cambio me obligó a ser testigo involuntario de una cacería inevitable ante las circunstancias.
El puestero, emocionado a pesar de haber pasado por muchos encuentros similares, me decía con voz entrecortada que cada cacería era mejor y distinta.
                         Había presenciado, sin quererlo, la justicia por mano propia de un damnificado que no obtuvo respuesta del Estado para sus problemas con los depredadores de hacienda.
Miraba el enorme tigre de 100 kilos, con su hermoso pelaje moteado brillando bajo el sol que se asomaba en el cielo tormentoso, sin convencerme de que no estaba soñando.
San Humberto hoy estaba seguramente de mi lado.
___. - Qué hubiera pasado si errabas, le dije.
.___ -  Nos come, respondió con presteza.
Porque luego del disparo, según dijo, el animal intuye al verdadero enemigo y salta dejando a los perros para atacar al intruso.
No me interesó saber si  era cierto, ya que seguramente no volveré a intentarlo.
Luego de un descanso para los perros, y porque no para nosotros, regresamos al puesto y llamamos a Concepción y darle la noticia.
Durante el día en que esperé a mi inesperado benefactor, comprendí que para esa gente guapa y aguerrida, la tarea que para mi era casi heroica, no era más que un trabajo cotidiano, una lucha constante contra un depredador formidable que también lucha por su existencia en un mundo plagado de contradicciones ..

Y A PROPÓSITO DE TIGRES, OTRA HISTORIA DE TERROR

Mientras escribía los detalles de esta historia, llegó a mis manos el ejemplar de un diario paraguayo dando a conocer una historia desgarradora, acontecida en las cercanías de la localidad de Pedro Juan Caballero, en el límite norte con Brasil.
En esa región, denominada Chaco Paraguayo, viví cacerías emocionantes y conocí amigos inolvidables, por lo que la noticia que narraba los pormenores de la tragedia, me trajo zozobra por la suerte de las víctimas, ignoradas e intranscendentes para el mundo.
La crónica decía:
–-- “ Un mediodía caluroso de junio, cuando en Buenos Aires soportábamos apenas 4 grados de temperatura, Pedro Ramón Matto de 23 años de edad, Eulalio Limeño, de 22 y Herminio Rafael Rojas de 16, todos empleados rurales en una estancia de la zona, se hallaban trabajando en el interior del monte.
“ Como ocurre en la casi totalidad de los casos, ninguno portaba armas, más allá del inseparable machete que usan para trabajar.
“ De pronto escucharon nítidamente el rugido del yaguareté que bramaba muy cerca.
“ El perro que los acompañaba comenzó a ladrar furiosamente, intuyendo la presencia del felino que en segundos tuvieron a unos pasos, listo para saltar. El más joven de los peones, ágil como un gato, trepó rápidamente al árbol más cercano, al tiempo que la bestia se abalanzó sobre otro   tratando de clavarle los dientes en el cuello.
“ Este, desesperado y a pesar del terror, alcanzó a herirlo con el machete en la panza, cosa que enfureció aún más al animal. Rápidamente el tercer compañero acudió en su defensa clavando su el machete repetidamente en el cuerpo del tigre, que por fin abandonó a su presa y se perdió en el monte.         
“Heridos gravemente, alcanzaron a llegar a la estancia donde recibieron atención medica.
“Otra vez el tigre mostró su ferocidad, que esta vez afortunadamente no produjo víctimas fatales. Pero dejó a los protagonistas cargados de odio hacia el depredador, al que juraron buscar para matarlo antes de que él lo haga con algún familiar.”