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A Puro Dogo y Cuchillo

                

                                  A  PURO   DOGO   Y   CUCHILLO

                                                                                        
Corría la década del 80, y mi reciente amistad con Agustín se acrecentaba a favor de las cacerías que compartíamos.
El era a la sazón una leyenda para los cazadores con jauría, y cabalgar junto a su estribo un sueño para pocos.
Desde su Nido de Cóndores, la residencia en las cercanías de Esquel que había elegido para vivir el resto de sus días, partíamos acompañados por sus perros, que dóciles como pocos, trotaban felices hacia los cerros y pantanos pletóricos de jabalíes y pumas.
Eran épocas en que los felinos se habían convertido en una plaga incontrolable para las  ovejas, que representan gran parte del producto de la región, y por eso sus vecinos ganaderos lo requerían para tratar de diezmarlos. Lo cierto es que en pocos años obtuve numerosos “leones” de valor excepcional como trofeos, algunos con la ayuda de los perros y otros apostado, cerca de alguna de las reses muertas.

Junto a su hermano Antonio, el padre de la criatura, habían creado nada menos que al Dogo Argentino, única raza criolla que nos enorgullece en el mundo entero. Después de muchas décadas de ardua labor genética, faltaba profundizar la gimnasia de campo, seguramente uno de los motivos que lo llevó a elegir a la bella Esquel, donde los jabalíes están al alcance de la mano, para vivir y disfrutar de las monterías con sus perros.
Durantes las incursiones cabalgaba fascinado por su arte montero; por los caballos baquianos para trajinar los pedregales; por los perros, toda una revelación de su disciplina, olfato y tenacidad, y sobre todo por su paciencia para enseñar, una de sus virtudes que más admiraba.
Había conocido al polifacético Nores Martínez, --- cazador, abogado, escritor, embajador, periodista, político y cinófilo ---  a través de un amigo común, Don Raúl Sosa, a la sazón presidente de Parques Nacionales, quien me designó su asesor sobre Caza y Pesca.
Precisamente durante una recorrida de inspección por algunos Parques sureños, recalamos en el Nido de Cóndores con el propósito de pasar algunos días de asado y buen vino.
Como buen hombre de Parques, mi “jefe” miraba a la caza de reojo, aunque reconocía los complejos problemas que planteaba la fauna exótica en los territorios bajo su jurisdicción. Precisamente algunos de esos problemas eran los que debía intentar  resolver desde mi cargo, absolutamente ad-honorem.
No pase demasiado tiempo en volver a Esquel, en aquellos tiempos inmensamente lejano.
 
Asi comenzó una larga serie de cacerías de “chanchos”, como solemos llamar a los jabalíes, y asi comprobé que lo que afirmaba mi amigo era cierto: habían sufrido una gran modificación morfológica, ganando en corpulencia y agresividad, harto demostrada en los duros enfrentamientos con los valientes dogos argentinos.
Todas los intentos estuvieron signados por un denominador común: Agustín aportando sus jaurías, rastreando a las piaras, descartando en lo posible a las hembras y lechones, buscando al padrillo por sus huellas, o apeándose en el momento justo  --  nunca antes ni después  -- para terminar la faena sujetando con una mano y enterrando el puñal con la otra, justamente detrás de la paleta.
Mi descolorido papel era el de un absorto espectador, entusiasta y listo para ayudar en todo lo posible… siempre que fuera después del álgido momento.
Debo hacer mención a un hecho anecdótico que resalta los principios cinegéticos  irrenunciables de mi maestro circunstancial. Por aquel entonces yo había adquirido un revólver Ruger calibre .44 magnum que pretendía estrenar frente a algún padrillo excepcional. Se lo mostré, lo observó sin demasiado entusiasmo y me lo devolvió diciendo:
-- “…  Vea mi amigo, ( cuando quería enfatizar algo no me tuteaba ) cuando se caza con dogos, usar armas de fuego es peligroso para los cazadores y para los perros. Además, acribillar a un  valiente animal que se está jugando la vida, dejando a los canes todo el mérito de la cacería, no es justo. El hombre debe apearse, abreviar en lo posible la pelea para que los perros no den ventaja con su cansancio, y ayudarlos volteando a la presa y tratando de hundir certeramente el cuchillo para acabarlo. Sólo así puede decir que participó de una montería criolla  Disparar un arma en medio del torbellino de jabalí y perros, puede terminar con una bala en el pecho de un valiente, del bando que usted elija…”  

Fue el discurso más breve y esclarecedor sobre la caza montera que escuché en mi vida. Y que recordaré para siempre.

En varias oportunidades, con los perros sujetando con denuedo al jabalí cerca de las patas del caballo, Agustín me había invitado a dar muerte al animal, aunque siempre  me negué aduciendo que no me sentía suficientemente seguro para una tarea que, por aquellos tiempos, veía un poco alocada.
Por otra parte, la propuesta me recordaba a otra de años atrás, cuando intentaba obtener mi licencia de piloto privado y se aproximaba inexorablemente el momento culminante: el primer vuelo solo. Porque en los últimos tramos del aprendizaje se invita al novato para intentarlo, y si hay rechazo  habrá que pensar en dedicarse a otra cosa…
Sin dudas que aquel dilema fue más fácil que mi turno para acuchillar a un jabalí.

Pero no podría negarme eternamente.
Cierta vez que correteábamos siguiendo un rastro que hablaba de grandes navajas, llegamos hasta los alrededores de Fofocauel, una enorme extensión de tierras bajas y pantanosas cubierta de espesa vegetación.
Era un hervidero de jabalíes: la maraña de altos juncales estaba surcada por innumerables senderos que los “chanchos” abrían durante sus desplazamientos. En el barro de las orillas podían observarse miríadas de huellas de todos los tamaños imaginables. Y el de “nuestro” jabalí se perdía entre ellas.
Para aumentar las dificultades, densas nubes de mosquitos y tábanos surgían del agua estancada atormentando a bestias y jinetes con sus feroces picaduras.
Tratando de orientarnos, trepamos a un pequeño cerro cercano y desde allí observamos claramente el movimiento de los espigados tallos al paso de las bestias, algunas, por el ramalazo de la vegetación, seguramente descomunales.
Agustín dispuso la estrategia para la acción.
Buscaríamos el viento en la cara para ayudar a los perros, encarando el pantano en el mayor silencio, teniendo en cuenta las circunstancias.
Obviamente, los valientes ángeles blancos, como los bauticé alguna vez,  respondían obedientes a su amo, lo que empequeñecía más, si era posible, mi figura decorativa.

Hacía pocos minutos que chapoteábamos con el agua hasta los garrones, cuando a unos cien metros delante el perro puntero lanzó un sordo ladrido.
Agustín metió espuelas, lo imité, y de pronto estábamos envueltos en ese “torbellino de pasión” que tan bien describió Ortega en su célebre “La caza y los toros”
En instantes parecidos a siglos, llegamos al claro que a fuerza de remolinos frenéticos habían abierto perros y jabalí en la maleza.
Gruñidos y ladridos contenidos, finteos, atropelladas y tarascones esquivados y de los otros, conformaban un cuadro de épica belleza cinegética que me dejó imágenes imborrables.
Agustín azuzaba suavemente a los perros, sin gritos innecesarios pero con la firmeza que debe mostrar el amo en esos momentos.
Llamando a cada uno por su nombre, les infundía valor mientras transcurrían minutos eternos y crecía el cansancio entre adversarios tan desiguales.
El peso físico de los cuatro enormes dogos apenas equiparaba al de la bestia que los enfrentaba, un ejemplar que seguramente pasaba los 140 kilos. Su cabeza era enorme y la jeta afilada remataba en un par de colmillos cortos y gruesos  – los más peligrosas para los perros. Sobre el lomo, una hilera de gruesas cerdas erizadas por la furia aumentaban su aspecto salvaje, y sus ojillos, inyectados de sangre, miraban con ferocidad a la jauría sin dejar de observarnos, intuyendo al verdadero enemigo.
Con un salto fulmíneo, uno de los perros se prendió firmemente de una oreja, y en segundos otros dos, aprovechando la ventaja, mordieron el cuarto trasero muy cerca de los genitales. El cuarto, por fin, se afirmó en la otra oreja y el jabalí quedó firmemente “estaqueado”, casi inmovilizado.
Quedaba latente la posibilidad de que alguno soltara la mordida por cansancio o accidente, lo que hacía verdaderamente peligroso apearse del caballo para rematar la faena.
Yo estaba tan azorado ante el espectáculo, que había perdido toda noción del espacio y del tiempo.
Me sacó del nimbo la palabra de Agustín, serena y decidida:
--- “ … Bueno Carlitos ( dejó de tutearme, alarma!!! ), ahí lo tiene y es todo suyo, bájese y termine al asunto lo más rápido que pueda…”

Como de costumbre, puse cara de  “… y a mi qué me miran…”,  y le respondí entre risas nerviosas, también como de costumbre:
__“… la próxima Agustín, y de ser posible con uno más chico…”
__“ Mire amigo, ( seguía sin tutearme, más alarma!!! ) si gusta bájese, y si no se acabaron para usted las monterías criollas, por lo menos conmigo…”

Inútil sería transmitir las sensaciones que cruzaron por mi mente. De pronto me enfrentaba al papelón, al orgullo herido, y porqué no decirlo, al miedo.
Por otra parte sentía la necesidad de concretar lo que había soñado en mis noches de cazador, que ahora, con el lance a mi alcance y frente al maestro que muchos hubieran querido tener, estaba a punto de frustrar.
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De pronto y sin saber como ni porqué, estaba metido en el barrial, con el agua por  arriba de los tobillos y el jabalí a un par de metros, mirándome fijamente. Los perros,   jadeantes y cubiertos de barro,  tironeaban hacia abajo con valentía inaudita, como invitando a corajear.
No se si me contagiaron las voces de Agustín, el olor a sudor, sangre y pantano, los sordos bufidos de la presa o todo junto, pero lo cierto es que me acerqué buscando la grupa del chancho, tomé una pata trasera con las dos manos e hinqué la rodilla en el ijar  como tantas veces lo había visto hacer a mi compañero.
Empujando con todas mis fuerzas logré, con la ayuda invalorable de los canes, que se acostara sobre el barro. Los colmillazos que lanzaba con furia salvaje eran controlados por los canes prendidos de las orejas, mientras que sus intentos por incorporarse se frenaban ante la fuerza descomunal de los que sujetaban el trasero.
 Rápidamente tomé mi cuchillo, que clavé profundamente detrás del cuarto delantero, revolviendo la puñalada con vigor, tratando de que la herida produjera la muerte más rápida posible.
Casi instantáneamente, sentí bajo mi cuerpo que el animal relajaba sus músculos y que los perros, al intuir el final, redoblaban el esfuerzo.
En minutos, sus últimos estertores me volvieron a la realidad.
Estaba absolutamente embarrado, sudoroso, exhausto y temblando.
Comencé a apartar lentamente a mis amigos que ya no eran tan  blancos, tratando que no lastimaran demasiado al cuero de la cabeza,  -- que ya veía embalsamada en mi sala -- y recién entonces me volví hacia mi amigo.
Con una pierna cruzada sobre el pomo de la montura, dibujaba en su cara una enorme sonrisa mientras batía las palmas en un lento aplauso que me acercaba todo el calor de su amistad.
--- “… Bravo compañero ( seguía sin tutearme ) espero que no haya creído que si no se apeaba era su última cacería, no?… “

Rápidamente echó pié a tierra y sacó de las alforjas su botiquín de campaña, dedicando largo tiempo a  los primeros auxilios y suturas en las heridas más importantes de los perros.
Más tarde atamos el lazo a las patas traseras y lo cinchamos hasta tierra firme.
Al despostarlo le ofrecimos los trozos más sanguíneos a los perros y luego nos relajamos un largo rato, echamos un trago y fumamos un cigarro mientras evocábamos cada instante de la cazada. Por fin cargamos los cuartos, lomos y paletas en las grupas y emprendimos el regreso.
Lamentablemente, el cuero de la cabeza quedó inservible para una taxidermia decente, ya que las orejas eran hilachas y en el hocico quedaron los rastros de los colmillos de los dogos. 
En el filo del cerro me detuve y giré mi caballo. A mis pies, el Fofocauel se mostraba en todo su esplendor salvaje, mientras los juncos se mecían con la suave brisa de la cordillera.
Más adelante, Agustín se balanceaba acompasadamente sobre la montura, hablando a los perros con afecto, como se hace con los amigos.